domingo, 4 de mayo de 2008

La chilenita del Charro (1)

El orden en el que empezaré a contar mi viaje con el Castor al Cuzco no es el mismo en el que se sucedieron las cosas debido a que tengo la imperiosa necesidad de contar por escrito algo que solo reproduje vía oral para unos cuantos interesados. Esta es la historia de mi encuentro con una mujer mayor, que fue más y se fue en menos de lo que imaginé. Entrada dedicada, desde luego a ella, a Katiana.


A pesar de que había planeado quedarme no más de cuatro días en Cuzco (por cuestiones económicas, desde luego), la llamada de mi padre cambió el panorama de mi estadía. El dinero que me mandaría era suficiente para pasar, sin problemas, un par de días más en aquella ciudad.

Cada día limitábamos más nuestros bolsillos en las salidas que teníamos en las noches para evitar no salir en la siguiente. Fue así que llegamos a la que sería nuestra última salida juntos. Muy ajustados de dinero nos enrumbamos aquella penúltima noche con la esperanza (aunque nunca lo dijimos de manera explícita) de poder conquistar a alguna guapa chica.

Llegamos a la clásica discoteca “Mama Africa” en la que poco o nada habíamos conseguido las noches anteriores. Ni siquiera nos habíamos bañada pues, a pesar de nuestra efímera esperanza, sabíamos que lo más probable era que la situación se repita.

A pesar de no haberme aseado lo suficiente aquel día, me encontraba particularmente atractivo, acaso por la bufanda de alpaca que me había comprado esa tarde (el color lo terminó por escoger el Castor, una muy linda, por cierto). Mi intención era comprobar mi hipótesis por lo que fui al baño para saciar mi recurrente vanidad. A la salida no había Castor por ningún lado y me puse a recorrer el local en su búsqueda y de paso ubicar alguna chica que pudiera parecer interesante.

Idas y vueltas y no encontraba al Dientes, pero vi a un par de chicas en la barra con una cerveza Cuzqueña de 330 ml. en la mano. En realidad solo una de ellas me llamó la atención. Llevaba una simpática casaca blanca y tenía los cabellos largos, negros y lacios. De cara me atraía mucho, pero mis posibilidades eran nulas pues, ¿con qué pretexto me iba a acercar a ella, más aún si era uno solo y ellas dos? Definitivamente necesitaba al Castor.

Tanto buscarlo lo encontré. Estaba en el balcón de la discoteca conversando con un chileno y un argentino sobre diversos temas, muchos de ellos políticos. Mi intención era entrar en la tertulia, pero el limitado espacio no me permitía decir nada así que fui a dar otra vuelta. La guapa chica de la barra seguía sentada. Esta vez ella me miró, pero no sentí conexión alguna. Lo más probable es que su mirada se haya cruzado con la mía por mera casualidad.

Regresé al balcón a ver si esta vez podía formar parte de la conversación. La retirada del hermano argentino me facilitó el ingreso. Así fue que conocí a Juanjo, chileno rubio que utilizaba una bincha con motivos incaicos en la frente, que se autoproclamaba socialista y que buscaba la unión latinoamericana. Quería que seamos algo parecido a la Unión Europea y en vez del Euro, él proponía “El Inca” como moneda oficial en nuestra Latinoamérica Unida. Creo que fueron sinceras sus palabras y sus quejas de la injusticia que veía en nuestro continente. Nos simpatizó mucho tanto a mí como al Castor, por lo que decidimos regalarle “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” del periodista y pensador peruano José Carlos Mariátegui, pero nunca llegó a la cita, una pena, la verdad.

Entretenido en la conversación encontré un vaso de vodka y jugo de naranja en el balcón. Al ver que no tenía dueño y que mi bolsillo no era capaz de comprar uno de aquellos lo adopté y me lo fui bebiendo sorbo a sorbo, disfrutando de aquel ruso trago que no logró moverme ni un poquito. Cuando terminé el contenido volteé y vi que la chica de la barra estaba a un metro de mí, conversando con un chileno, amigo de Juanjo. Otra vez nos miramos, pero yo seguí en mi conversación: seguía con la idea de que aquel cruce de miradas había sido pura casualidad.

Juanjo se disculpó y se retiró. Luego de concordar en lo bien que nos había caído aquel chileno, el Castor y yo regresamos del balcón y compramos una botellita de cerveza entre los dos. Es entendible teniendo en cuenta que esa botellita valía diez soles. Cuando empecé a beber me di cuenta de que a menos de un metro tenía a la chica de la barra. Esta vez bailaba con su amiga.

-Castor, saca a bailar a la de la derecha y yo saco a la de la izquierda- le dije.
-No. Estás loco. Hay dos bricheros que les están bailando al lado y ellas ni caso.
-Huevón, si no son peruanas son latinas y ya saben cómo se comportan estos compadres. Hay que preguntarles. Total, no perdemos nada.
-Ya pues, ya. Pregúntales.

Me acerqué, finalmente, a la chica de la barra y le pregunté si deseaban bailar. Simplemente me ignoró y siguió bailando. El Castor me sugirió alejarnos, pero le dije que no, que al menos me dijera que no, que no me ignorara. Así que arremetí: “¿Eso significa que no?”. Antes de que diga nada, la amiga me miró y me dijo que está bien, que hay que bailar. Así, ella se volteó para bailar con el Castor y a mí me tocó con la chica que me había ignorado dos veces.

Lo usual era que les preguntara su nombre y de dónde eran. Esto último si es que notaba una entonación extraña en su voz. Pero ella me había ignorado. Yo estaba resentido.

-¿Y ustedes son chilenos también?- me preguntó.
-No. Somos peruanos, de Lima. ¿Ustedes son de Chile?
-Sí. De Arica.

Ella me había hablado, estaba perdonada. Empezamos a mirarnos de manera tímida. Ninguno de los dos podía mantener la mirada más de dos segundos. La música era rock, me sentía bien, sentía estar en Sargento y bailando con una chica que realmente me gustaba. Luego de REM llegó el turno de Nirvana y su clásico Smells like teen spirit. Mi compañera de baile simuló tocar la guitarra, pero con la mano derecha. No sé si para bien o para mal, pero la corregí diciéndole que Kurt Cobain era zurdo, así que debía cambiar de mano. Así lo hizo.

-¿Y ustedes fuman marihuana?- me preguntó Kati, así se llamaba
-Sí, pero ahora no tenemos. Pero se puede comprar.
-Ah, ¿se puede comprar?
-Sí.
-Oye, ¡qué chévere!

La estábamos pasando muy bien. Bailábamos y nos divertíamos. De vez en cuando volteaba para ver al Castor y esperaba encontrarlo gozando de la noche. Creo que al menos un poco lo estaba haciendo. Bailaba y cantaba. Movía la cabeza, también.

La música no paraba cuando Kati me dijo que iban un rato al baño. Acepté esperanzado en que regresaría. Sin hablarnos el Castor y yo mirábamos el ambiente, estaba bueno, la estábamos pasando bien; sin embargo, la duda empezó a invadirme cuando vi que las chilenas no regresaban. El Castor dijo que iba a comprar una cerveza y a su regreso me miró con cara de “vamos a otro lado”. Su mirada se tradujo en palabras “Ya fue. Están en la barra sentadas”. Me quedé imbécil, totalmente desilusionado. No podía creer que me haya dicho que regresaría, que la espere para que al final se quede en la barra. En fin, no iba a insistir así que asumí no verla más.

Nos quedamos en el mismo lugar puesto que la circulación era un tanto complicada por la aglomeración de gente en el local. Resignado le di un sorbo a la cerveza. Un segundo después vi a Kati caminando a mi costado y levanté la botella a manera de “salud”. Chocamos botellas y me sugirió bailar de nuevo. Así lo hicimos, otra vez los cuatro bailando.

Me dijo para ir a un espacio más cómodo, para no estar codeándonos con los otros bailarines, así que fuimos cerca del balcón y ahí reanudamos las piruetas. La música ya no era el rock noventero. Esta vez el discjockey nos hizo volver en el tiempo, pero ya no tanto. Regresamos tan solo al año 2003: Maomeno era la canción y Axé Bahía el grupo a recordar. Kati se sorprendió con mi improvisada y ridícula coreografía que logré rescatar de nuestros últimos quinceañeros. Reíamos y bromeábamos. Así fue que me enteré de que trabajaba (y era la jefe), de que era ingeniero agrónomo y de que me gustaba mucho.

El tema de la bendita hierba volvió a surgir y decidimos salir en busca de ella. Los cuatro estábamos de acuerdo, así que fuimos a recoger nuestras casacas. Estaba decidido: compraríamos algo de marihuana y nos la fumaríamos juntos.

El resto de la historia viene después, en la segunda parte.

4 comentarios:

a.B dijo...

ingeniera tenia que ser!!

Unknown dijo...

Tngo que colgar mi version de esa historia!!!jjaaaa pronto se sabra la verda!!

Gonzalo dijo...

Espero con ansias esa versión, pero esta historia aún no ha tenido su desenlace.

Jeani dijo...

de Arica??era peruana weon. vas a contar lo del pasto???