jueves, 15 de mayo de 2008

La chilenita del Charro (3)

Ayer me enteré de que me habías bloqueado del Messenger. Probablemente no sepa nunca más de ti, pero unos momentos para recordarte fueron suficientes para poder escribir lo lindo que fue encontrarte en Cuzco. A ti, Katiana, donde estés, te recuerdo con mucho cariño.

Moría de ganas de saltar de la felicidad, de saltar de un lado para otro, pero tenía que contener mi emoción ante el Castor, no porque me diera vergüenza, sino porque podía ser que eso quedara en esa noche, que de repente ni fuera a buscarla o que no la encontraría; así que tuve que reprimir mi desbordante emoción.

Luego de llegar a la casa, nos acostamos. La verdad es que estábamos muy cansados por la noche anterior. Cuando nos despertamos almorzamos y salimos rumbo a la Plaza de Armas, que terminó siendo nuestro lugar favorito para sentarnos, conversar y observar.

Fue cuando estábamos sentados en una de las bancas que el Castor me dice que ahí estaban las chilenas. Volteé a verlas y, sí, efectivamente eran ellas. Pasaron a unos metros de nosotros, pero no nos vieron y siguieron su camino. Mis represiones sentimentales me detuvieron a lanzar un grito desesperado porque voltearan.

Sin embargo, no le presté demasiada importancia al asunto. Regresamos a casa y tomamos un rico café instantáneo y el exquisito pan de Oropesa. Un verdadero manjar de la panadería cuzqueña. Un duchazo cada uno y estábamos listos para salir. La discordancia se dio por decidir a dónde íbamos. Por un lado, el Castor había sido invitado por sus amigos del colegio de la época en la que estudiaba por allá para festejar el cumpleaños de uno de ellos. Por el otro, mi terca idea de volver por Kati.

Prácticamente lo obligué a que me acompañara. Le prometí que iba a ser rápido. Que entraría para ver si estaban. Él se quedó parado fuera del hospedaje. Entré y sin mirar a ningún lado me dirigí directamente a la habitación donde había pasado la noche anterior. Toqué la puerta y me abrió Cristina.

Cuando entré vi a Kati sentada en su cama. “Mira, por fin pude armar un cañito. Me la vendió el ‘loco’ del restaurante donde comimos con la Cristina”. Antes de decirme esto nos saludamos con un lindo beso en los labios, como si hubiera sido algo a lo que los dos ya estábamos acostumbrados.

Me preguntaron por Daniel, así se llamaba el Castor para ellas (no creo que para nadie más). Les dije que estaba afuera y me dijeron que mejor lo llamara. Salí rogando porque quiera aceptar entrar al cuarto, o al menos al hospedaje.

-¿Ya nos vamos?- me preguntó.
-No. Dicen que pases. No seas malo. Un toque no más. Recién son las nueve y has quedado con tus amigos a las diez.
-Ya. Pero un rato no más ah.
-Chévere, hermano.

Entramos y el saludo entre el Castor y Cristina no fue como el mío y Kati. Un beso en la mejilla y más nada. “Hay que prendernos un cañito”, sugirió Kati. Aceptamos y empezamos a saciar las ganas frustradas de la noche anterior.

De un momento a otro estábamos ‘puestos’. Nos mirábamos, pero no decíamos nada. Kati y Cristina se miraban; el Castor miraba a la nada y tomaba agua de una botella San Luis de dos litros y medio para luego comentar “pensé que era vodka”. En esos momentos nadie quiso reírse de su estupidez porque probablemente nadie haya entendido nada. Yo, que miraba desde la cabecera de la cama a mis tres acompañantes, empecé a contar algo, ya no recuerdo qué. Todos me miraban atentos, pero conforme se acercaba el final de mi historia me angustiaba porque sabía que me miraban, pero estaba seguro de que no procesaban nada de lo que decía. Fue así que cuando terminé de hablar, me miraron, me dijeron “ah” y luego volvimos al silencio.

La sed nos ganó a todos y no teníamos nada de agua (el Castor se la había bebido alucinándola vodka, como ya conté), así que Kati y yo decidimos ir a comprarla. Recogió la llave y salimos de la habitación. Nos quedamos parados en el patio. Me acerqué con la confianza que me daba, ya no de la marihuana ni el alcohol, sino ese momento, ahí, con ella, y la besé. Nos miramos por unos breves segundos y salimos a comprar.

En el breve camino hacia la bodega dudaba acerca de si debía o no abrazarla o cogerle la mano. De la manera más tímida en la que lo pude hacer levanté mi brazo derecho y lo coloqué encima de su omóplato; ella hizo lo propio, pero alrededor de mi cintura. Así llegamos a la tienda y compramos agua y un six pack de cerveza.

Ya en el hospedaje, ya en la puerta de la habitación, Kati decidió tocar para evitar una posible indiscreción. Lo cierto es que no hubo nada que temer: el Castor y Cristina estaban, simplemente, conversando.

El Castor ya se tenía que ir. Creo que no quería que vaya con él para no cortarme el momento, pero no sabíamos cómo sugerir una prolongada estadía de mi parte, hasta que la buena Cristina, que ya se había dado cuenta de que lo mío y Kati no quedaba en una sola noche, y que lo de ella y el Castor fue más que todo circunstancial, sugirió que el Castor vaya con sus amigos y que luego pasara a recogerme. De esta manera, él se iba a su reunión, yo me quedaba a pasar la noche con Kati y la sacrificada Cristina buscaría conciliar el sueño.

Kati y yo nos echamos en la cama con unas cervezas y unos puchos. La (otra vez) buena Cristina nos dijo que mejor apagáramos la luz del cuarto y dejáramos prendida la luz del baño “pa darle un toque más romántico a la ‘wea’ po”.

En la cama, volvimos a lo de la noche anterior: besos, abrazos, palabras suaves y al oído, contarnos de nuestras vidas, de qué hacíamos, por qué estábamos en Cuzco, en fin, tratar de conocernos mejor. Creo que no queríamos que se acabe ese momento. Ella, al ser de Arica, me quedaba muy cerca de Lima. Pensamos en la idea de que me vaya Tacna apenas tuviera la más mínima oportunidad y, claro, que coincidiera con algún período de vacaciones suyo. Le conté de la selva peruana y de lo lindo que sería poder llevarla allá, de que la conozca y de que podamos estar juntos. Cambiamos correos electrónicos y números de celular. Luego de habernos querido mucho, ya cansados por las largas jornadas diarias en aquellas tierras, nos dimos un beso de ‘buenas noches’. Nos echamos de costado, como la noche anterior, y cogidos de la mano nos dormimos.

El Castor llamó y me dijo que saliera en su búsqueda, que no sabía dónde estaba y que, además, andaba muy borracho. Afortunadamente, mi hermano supo encontrar el camino y tocó la puerta de ‘nuestro’ cuarto. Lo hice pasar y era inevitable que me vaya. Kati tenía que descansar y yo tenía que llevar al Castor de vuelta a casa. Tampoco era justo para él hacerlo esperar luego de haber aceptado pasar por mí.

Aún me acuerdo del último beso que le di y que, además, fue la última vez que la vi. Se sentó en la cama y se acercó hacia mí. Le di un beso en los labios. De haber sabido que era la última vez que la vería habría tratado de decirle algo más elaborado, pero el Castor me sorprendió diciéndome que esa tarde regresábamos.

Fui en busca de ella, a despedirme, a decirle que le escribiría, que era algo que me había pedido mucho, pero no la encontré. La esperé y no llegaba. Salí a llamarla al celular, pero no entraba la llamada. Sin embargo, la llamada del Castor si logró entrar y me dijo que regresara rápido, que salíamos en dos horas y que faltaba guardar mis cosas.

Solo atiné a dejarle un papel diciéndole que estuve ahí, que me fui a despedir, pero que no la había encontrado, que me encantó conocerla y que iba a ser su ‘cabro chico’.

Me fui muy triste, esperando volver a verla o que llamara. Cuando el bus ya estaba por Ica y yo miraba cada vez más cerca la realidad de Lima mi celular sonó; el Castor lo cogió y me lo dio. No era un número que tuviera agendado, pero era Kati. Hablamos solo cuarenta y nueve segundos. Me dijo que ya se iba a Arica y que por favor le escribiera. (Ahora que recuerdo esa llamada, me emociono mucho pensando en lo feliz que me sentí al escucharla).

Lo que pasó conmigo en Lima y con ella en Arica fue lindo mientras duró lo que tuvo que durar. Preciosos correos electrónicos guardo de ella y solo tres conversaciones vía Messenger. No sé más nada de ella, pero esté donde esté espero que le vaya bien y que sea feliz.

Por cierto, no tenía 27 años como me dijo, tenía 29 y yo no tenía 22 como le dije, tengo 20.

FIN

3 comentarios:

Jeani dijo...

osea no paso nada la ultima noche? o estas siendo caballero?
El Castor: todo un papi ahhh (si ya te la gozaste olvidala(8)se sacrifico por el equipo.Espero con ansias su version de los hechos q supongo sera mas objetiva...
La parte q describes la pastruleada me gusto...

Gonzalo dijo...

No pasó nada, broster, en serio. He tratado de pegarme lo más que pude a la objetividad... Veremos que cuenta el Castor.

Anónimo dijo...

asu q feo t pegas con la ganja charro! jaaaa tu complejo d narrador d cuentos t aflora mas stone jajajaja cdt man!