Vuelvo a escribir por tres motivos: Uno porque lo que sigue a continuacióna ha sido escrito antes y no en este momento; dos, porque tengo que estudiar un curso de mierda que se llama Semiología y la quiero hacer larga; tres, porque me llega al pincho que Camotón me quite protagonismo y que algunas de mis fans lo vean como un "pata interesante".

Todos dicen reconocer que están mal, pero que cuando quieran la dejan. Dante sabe que no es así de fácil. No piensa ponerse fecha para dejar las drogas. Sueña despertar y olvidarse de que algún día consumió y darle sentido a los centros de rehabilitación con un método que combine buen trato y medicina.
Le gusta conversar. A cualquiera le gusta hablar de uno mismo, pero para alguien que se sabe adicto a las drogas, su vida se vuelve una vergüenza, pues la sociedad los ha configurado como lo peor, en un nivel más bajo que la misma caca. Pero Dante sabe cómo es estar en este mundo y por eso conversa mucho.
Dante a secas, cuarenta y cinco años, consume desde los veintisiete, vive con su mamá -aunque tuvo una esposa que, según él, le cagó la vida- y un hijo de dieciocho años. Ahora vive solo con su madre, con quien se cuida mutuamente. Es adicto a la pasta básica de cocaína, pero quiere dejarla algún día, cree que ese momento llegará pronto. “Algún día tengo que romper la burbuja. Una vez sentí que estuve a punto de hacerlo, pero ya casi, ya falta poco. Yo llegué tarde, pero me quiero ir temprano. Ya estuvo bueno el vacilón”, dice en la sala de su casa, que tiene un juego de muebles (3-2-1) de tapiz rojo, un televisor pequeño y uno más grande, pero que no se usa porque está tapado. Pareciera que se espera una fecha especial para poder estrenarlo.
Ha estado cuatro veces en centros de rehabilitación. Tres por voluntad propia, pero la primera es la que más recuerda, de la que le gusta hablar. Lo hizo por amor, cuenta. Tenía menos de seis meses de consumidor, lo hacía esporádicamente, pero su entonces esposa se enteró y le sugirió entrar a un centro, que eran buenos, que ella lo apoyaría. No lo pensó y llegó a Paz y Bien. No fue sino hasta que vio el camión que lo transportaría, junto a los otros internos a la casa de reposo en Chilca, que sintió arrepentirse. Las cosas no empezaban bien.
Los malos tratos se dieron desde que subió al camión. Una vez instalados y presentados como los nuevos residentes empezaba la tortura. El trato castrense que recibía era insoportable, pero no podía salir, no podía pedir que lo sacaran de ahí. Sería peor que cuando Oliver Twist se atrevió a pedir un poco más de comida.
Adentro se hizo un hombre violento debido a los ‘bautizos’. Dirigían los grupos antiguos residentes quienes debían volcar su experiencia personal para ayudar a los nuevos, pero no, no era así. El poder los embelesaba, el sentirse superiores, el tener a su cargo un grupo era la nueva droga que habían encontrado. Entre los operadores, como se les conoce, concursaban para ver quién era el más creativo con las humillaciones a los nuevos.
En Paz y Bien estuvo diez meses, no aguantó más. Salió para tratarse de una hemorragia debido a una mala intervención al momento de curarle una muela y no regresó más. Su esposa, que vivía con sus padres, accedió a volver con él. Ya estaba tranquilo, todo bien, pero recayó luego de seis meses. Sin embargo, las cosas no estaban yendo tan mal. Por el boom de las AFP, en el año 93, entró a trabajar en varias de ellas, pero no dejaba de consumir.
A pesar de que los intervalos eran ‘manejables’, su esposa no opinaba igual, así que lo terminó por dejar. Pero lo peor es que se dejó a sí mismo. Su consumo se convirtió en diario. La droga le estaba quitando todo. “Lo que más me jodió fue que hice mierda mi biblioteca. Tenía mil setenta libros de todo tipo. Estudié Literatura en San Marcos y mi papá fue profesor en la Católica. Él me dejó varios libros, pero la fui haciendo mierda por la droga”. Aparte de la biblioteca ya había perdido a la esposa y al hijo. Estaba tan mal que su madre lo llevó a un nuevo centro de rehabilitación en el Rímac.
Tenía solo seis días en el centro y el director lo nombró operador. Probablemente haya sido por su experiencia previa en estos lugares. A diferencia de como lo trataron, él decidió innovar en el sistema, quiso cambiarlo, aunque le costara ganarse enemistades con los otros operadores, pero al final lo logró. “Esa gente prefiere seguir tratando a la gente como si fueran una mierda. ¿No ves que en la calle esa gente no es nadie? Adentro se creen bacanes, pero afuera siguen siendo unos drogadictos”.
El método Dante consistía en tratarlos como personas. Había que empezar con el Manual de Carreño y luego pasar a Miguel Ángel Cornejo. Pero sabía que no era tan fácil como decirle a alguien “oye, cambia pues”. Todos tenían problemas desde pequeños. Esos residentes, como se les llama a los internos, no comparten la misma configuración del drogadicto que puede ser él o la gente con la que fuma, esa gente de ‘La Chancadora’ en el Cercado de Lima, ahí por el coliseo Amauta. “La gente de acá consume, pero no anda robando. No son delincuentes como los patas que están en los centros. De ellos, el noventa por ciento ha estado en una cárcel, yo no. La gente de acá no jode a nadie porque ni hijos tienen, y si los tienen no andan tan cagados como para descuidarlos, aunque hay de todo pues”.
Luego de seis meses se fue. Esta vez no tuvo que pedir permiso médico. Simplemente se largó. Sentía que había mejorado, pero lo primero que hizo al salir fue drogarse. Otra vez no paró. Dante tocó fondo en el año 99. Había ‘cerrado’ con diez soles a un pata. Lo fueron a buscar a su casa, cuando estaba con su hijo, de entonces nueve años. Ya era demasiado. No podía permitir que su hijo fuera parte de eso. “Él hasta ahora no sabe que soy consumidor, aunque de repente su mamá le ha contado”.
Agarró sus chivas y fue a internarse. Luego de desintoxicarse continuó con su nuevo método de reforma para los drogadictos. El Director, que se había hecho su amigo, no quería que imponga su método porque al hacerlo tendría que haber una reforma total en el centro y eso implicaba arriesgar, sobre todo cuando el dinero caía fácil a causa de los parientes desesperados que buscan sacar del consumo a sus hijos, hermanos, amigos, padres… Así estaba bien. Igual Dante les metía su Cornejo, su Coelho, pero también su parte científica. Sabe que no todo está en la motivación. Explica científicamente que la dopamina es la que se jode, que el cuerpo reacciona de tal o cual manera, que también hay que trabajar en eso. Ha ido a charlas de expertos en rehabilitación y ha aprendido de la historia de estos centros. Se las sabe todas, y recita los doce puntos que tiene que decir un interno, cortesía de Alcohólicos Anónimos.
Es conciente de que su ilustración empírica le da una ventaja por encima del común colega pastelero. Siempre está leyendo, ese es su otro vicio, pero no lo quiere dejar nunca y vuelve a arrepentirse por su biblioteca desbarrancada, pero esta vez con más nostalgia y más que todo rabia.
Sus trabajos son esporádicos y no todo lo que ingresa se va en drogas. “Si gano doscientos soles a la semana solo veinte van para el consumo, aunque después me estoy arrepintiendo”. Ya no ‘sale’ mucho, está en una época ‘tranquila’, que significa consumir solo una vez a la semana, o cada dos.
Solo ha consumido pasta. Un tiempo se le dio por las pastillas, pero todas las que fueran estimulantes. Le servían para contrarrestar los efectos de la pasta, que es depresiva. ¿Y la coca? “No, a la coca le tengo miedo”, contesta. “Esa vaina ya es muy fuerte. Y como la pasta que venden, además de ser barata, no es tan pura, como está todo pateada es menos fuerte, así que eso ayuda a que la adicción no sea tan brava”.
Dante está convencido de que el drogadicto es un experto en buscar excusas, que cualquier motivo es bueno para volver a caer en las drogas. “Por la culpa de tal o cual estoy en la drogas, pero no es así. Yo te acabo de decir que mi ex esposa me cagó la vida, pero no pues, me estoy engañando. Ella no tiene la culpa”.
Sueña con un día salir de esa burbuja en la que cree estar. Mientras la connotación de ‘vivir en una burbuja’ es la que se tiene de las niñas ricas que no ven más allá de la realidad de su superficialidad, para Dante esta misma burbuja es la del mundo de las drogas, de la pasta. Sabe que algún día la reventará, que algún día se despertará y su organismo dirá “ya no más”. Ese día Dante sabe que va a ser feliz y que va a poder darle a su madre la tranquilidad con la que ella, ya enferma, espera poder despedirse de este mundo.

