viernes, 9 de mayo de 2008

La chilenita del Charro (2)

Aunque no sé qué será de su vida, aunque su último correo haya llegado hace mes y medio, aún la recuerdo con mucho cariño. Espero algún día poder saber de ella y poder mostrarle este blog, que comparto con mis mejores amigos, mis hermanos, pero del cual me he adueñado para poder concretizar mi historia con ella, con Kati.

-¿Qué edad tienen ustedes?- preguntó el Castor.
-¿Ah? ¿Nosotras?- respondió Kati.
-Veintisiete- interrumpió Cristina. Así se llamaba la otra chilena.- ¿Y ustedes?
-Veintidós- contestó el Castor.
-Veintidós también- dije.

Un par de años que nos regalamos. No creo que haya sido un crimen. Menos edad no podíamos decir, que sino se iban solas.

Bajamos las escaleras de la discoteca y caminamos hacia el pasaje en el que se mueven los principales dealers. Acaso por las altas horas de la madrugada (alrededor de las 4:00 a.m.) fue que solo logramos ubicar a un vendedor. Estaba pegado a la pared, solo, esperando clientes.

Normalmente son ellos los que se acercan, siempre de manera cautelosa. “¿Cogollo, cogollo? Tengo coca también”. Esta vez no lo esperamos. Apenas lo vi apunté a él y le pregunté si tenía hierba. Creo que no esperó un cliente tan desesperado como, asumo, me vi siendo mi primera vez comprando marihuana.

-Cincuenta- me dijo.
-No seas malo. Brother, solo somos cuatro. Danos por algo menos.
-No sale. Es la última que me queda.
-Ya, espera.

Me acerqué donde Kati, el Castor y Cristina. Les expliqué y de inmediato aceptaron. Logramos reunir los cincuenta soles. Había mucho sencillo y el Castor me los cambió por un billete entero. Con las manos dentro de los bolsillos de mi casaca me acerqué e insistí en una rebaja. Luego de una breve negociación acordamos que sea cuarenta soles. Cuando le extendí la mano para darle el billete me dijo que no tenía vuelto, que tenía algo de sencillo, pero que no llegaba al vuelto entero. Al final acepté las monedas que me dio a manera de cambio.

Una parte de la transacción ya estaba hecha; tan solo faltaba que me dé el alucinógeno. Me dijo que me acercara y extrajo un paquete, que me sorprendió por su tamaño. No sé exactamente cuántos gramos habría, pero superaba largamente mis expectativas de lo que creí me daría. Me pidió que lo guardara y antes de que lo hiciera ya se estaba yendo.

Llegué con el paquete en las manos y Kati lo olió. Rogó porque no nos estafen. Le dije que eso no pasaría, que vayamos de una vez. Cuando empezamos a caminar surgieron dudas dentro de mí. No sabía dónde la fumaríamos. ¿Iríamos a unas bancas en la Plaza de Armas? Pero ellas sugirieron ir al hospedaje donde se quedaban, que estaba a unos cuantos metros del punto de venta.

Entramos evitando hacer el menor ruido posible, pero raudos para que no nos registre el recepcionista. La habitación en la que se hospedaban era la más sofisticada dentro del hospedaje “Félix”. Por un pago de treinta soles tenían acceso a dos camas duras, una mesita, un perchero y un pequeño baño que contaba con agua caliente, indispensable para el inclemente frío de la sierra peruana.

Nos sentamos en las camas, de a dos. Kati en su cama y yo a su lado; Cristina en la suya y el Castor a su izquierda. Saqué el paquete e intenté abrirlo, pero se me hacía difícil. Cristina me facilitó unas tijeras y al fin pude quitarle el plástico que hacía las veces de forro. Empecé con el trabajo de “deshilachar” la planta, pero notaba algo raro en ella. La acerqué a mis narices y el rostro me cambió por completo (lo sé a pesar de no tener un espejo enfrente de mí porque cuando me vieron, los rostros de los tres también cambiaron). Nos habían dado, o bueno, hago mea culpa, me habían dado pasto seco.

“Es la segunda vez que me estafan en Perú. La primera vez fue en Tacna”, dijo Kati. Todos nos lamentamos, pero reproducir esas frases no es necesario. Vale con decir que nos habían estafado de la peor manera y que nos habíamos quedado con las manos vacías.

Al final nos reímos de nuestra mala suerte. No nos quedaba otra cosa que comprar algo de alcohol barato debido a nuestro maltratado presupuesto. Salimos los cuatro y nos decidimos por un ron con Coca-Cola. Si en la discoteca volví a tener quince años bailando Axé Bahía, esta vez tenía catorce regresando al ron.

Llegamos con el “copete” al hospedaje y esta vez tuvimos que ser más cautelosos aun porque estaba prohibido el ingreso de alcohol al hospedaje, pero nos la ingeniamos para introducirlo. Ya en la habitación regresamos a nuestras estratégicas posiciones y empezamos a beber. Hablábamos de cualquier cosa y antes de que el aburrimiento nos gane decidimos jugar a la botella borracha.

Reglas particulares le agregamos a este juego. No era de castigos directamente, sino de preguntas y si el público, en su mayoría, no creía, pues castigo. Castigo que empezó siendo beber y beber. No nos emborrachábamos por la bendita altura. El Castor tomó la iniciativa y ordenó un “piquito” entre Kati y yo, beso que muy para mi sorpresa ella aceptó sin problemas.

No quería ser el mismo de siempre que se quiere casar con la primera mujer que me hace un guiño, así que tomé las cosas con calma, aunque por dentro moría de ganas de abrazar al Castor por aquel “castigo”.

Seguimos jugando y otra vez el Castor intervino de cupido. “Ya está bien de piquitos. Ahora un agarre de diez segundos”. Con la confianza de ese primer beso volteé el rostro en busca de sus labios y empezamos. “Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, dos, tres, cuatro, tres, (silencio)…” contó el Castor. Nosotros seguíamos. “Oye ya po. Ya pasaron más de diez segundos”. Nos reímos.

El juego siguió y llegó mi turno de castigar. Ahora le tocaba al Castor y Cristina. Conté igual, se demoraron más de diez segundos también. Siguiendo con los castigos, esta vez era el turno de Cristina, quien nos sorprendió con su intrepidez. “Ahora, tú, Gonzalo, haz gozar a la Kati como tú sepas”. Mi chilenita estaba echada en la cama. Dudé qué hacer ante el reto. Me acerqué y la empecé a besar. Cuando intenté tocar me dijo muy suavecito, como contándome un secreto, que vaya despacito. No nos dejamos de besar. Nos olvidamos del juego y de los demás ocupantes de esa habitación cuzqueña. Nos habíamos adueñado de la misma.

El Castor se paró para ir al baño. A su regreso apagó la luz y dejó encendida la luz del baño, lo que le dio un clima más íntimo al contexto. Ellos se besaron también, pero mucho caso no les hicimos. Nosotros ya nos estábamos conociendo.

Esa primera noche juntos no nos dejamos de besar, ni abrazar, ni agarrarnos de la mano. Conversamos mucho. Fuimos conociéndonos. Decidimos dormir. No queríamos dejarnos. No regresaría a la casa del papá del Castor, donde nos estábamos quedando. Los dos nos echamos del lado derecho y dormimos con mis brazos alrededor de su lindísimo cuerpo.

Cuando nos despertamos eran ya las doce. Teníamos que irnos. Nos despedimos pero prometí volver esa noche. Un beso en los labios y hasta más tarde.

La tercera parte de esta historia viene pronto. Espero poder llegar al desenlace en el próximo post.

1 comentario:

Jeani dijo...

La marihuana no es un alucinogeno, solo si la consumes en grandes cantidades...legas a ver choclitos verdes.
Ese Castor lo imagino prendiendo la luz del baño...todas se las sabe Charly Harper...